Pedro Escalona

PEDROESCALONA

 Del 3 de noviembre al 4 de diciembre de 2011

PEDRO ESCALONA, MALABARISTA DEL TIEMPO

Ana Rodríguez-Tenorio

“No es cuestión de compararse con los genios de la pintura, lo importante es ir superándose uno mismo y actuar con responsabilidad, profesionalidad y coherencia a la hora de decidir lo que vas a enseñar a los demás. Nosotros, los ‘intermedios’, también tenemos cosas muy válidas que contar a la gente, porque disponemos de un buen instrumento para interpretar la realidad y sacar de ella cosas que a lo mejor sirven a otras personas, las enriquecen, y ese intento merece la pena. En ese sentido creo que, dentro de mi modestia, soy necesario, porque doy todo lo que puedo abarcar, con corazón y rigor”. Con estas palabras –y en relación con el merecido reconocimiento adquirido a lo largo de su dilatada trayectoria- explicaba Pedro Escalona la concepción de su oficio en una entrevista que mantuvimos hace ya más de quince años. Son las mismas palabras que parecen emanar de los ojos y el gesto del autorretrato en el que se somete, él mismo, a esa escudriñadora indagación sobre los objetos y los paisajes de su realidad cotidiana que conforman el eje de su obra.

Una realidad concreta y a la vez evanescente, que en los cuadros de Escalona atrae al pasado desde el presente y al presente desde un futuro donde el ahora se ha transformado ya también en pasado. Ese afán de rescatar lo que fue a través del objeto vivido, a veces insignificante, planea sobre toda la obra del pintor y su propia experiencia vital, que en este caso vienen a ser una misma cosa. Recorre las estancias de su casa, de su estudio, de su jardín y su huerto, donde se distribuyen armoniosamente los bodegones arqueológicos o las flores silvestres trepando la tapia a la espera de ser pintados, y las rosas blancas que ya nunca se marchitarán, transformadas en la ofrenda floral que desde su hoy el artista entrega a Livia, después de ese largo diálogo con la emperatriz romana mientras la liberaba de la rigidez del mármol con la ductilidad del pincel y le legaba, ya para siempre, el delicado ajuar de joyas: vueltos a fundir el oro y la plata en los amarillos, grises y blancos de su paleta; reinventados el rojo de las cuentas de cornalina y el azul de las turquesas; y minuciosamente reconstruidos el collar, los anillos, colgantes y pulsera con igual maestría que la del orfebre que en su día los hiciera.

Porque la apasionada y singular mirada de Pedro Escalona sobre el objeto arqueológico -en realidad sobre todos los objetos que atrapan la atención de su aguda retina- se alía con una técnica depurada, fruto de un talento y un trabajo tenaz, en continua pesquisa de nuevas soluciones expresivas a la materia de su reflexión. Quizá eso es lo que nos cuenta en ese gran formato de la cama abandonada en plena noche o al despuntar el alba. Y es así como logra plasmar ese universo cotidiano que a su vez recrea y regala un tiempo y un espacio nuevos a las piezas que un día fueron utensilios comunes, los vuelve a rescatar del olvido e incluso, en ocasiones, los “recoloca”, quizá sin proponérselo, en su lejana existencia funcional: es el caso de las piezas de barro bañadas por el magistral juego de luces de una celosía con enredadera, que parecen estar aguardando a ser usadas en el poyete de una cocina romana.

En la mesa del taller, los fragmentos de cerámica y el cuenco a medio reconstruir devienen en metáfora de la búsqueda de esa recuperación de la identidad, del misterio de lo múltiple por ordenar, del inicio del propio proceso de la creación, cuyo resultado se expande después en los bodegones donde el espacio, las formas, el color, la luz y las sombras han encontrado ya su lugar exacto. Vasijas, barbotinas, copas, vasos, kálatos y ungüentarios renacen transmutados en materia pictórica, en un juego poético donde el poder de la evocación traspasa los límites del pasado, pues con estas mismas composiciones de piezas domésticas de un lejano uso común conviven, siguiendo el mismo proceso de reflexión, otras del hoy cotidiano –una carta, carretes de hilo, un tarro de cristal que posiblemente guardó conservas, pequeñas cajas de cartón, tarritos con restos de pintura- que por un momento nos confunden y nos hacen creer que estamos contemplando restos, arqueología, de nuestro presente desde un futuro lejano en el que ya no estaremos.

Un fenómeno que se repite en la serie de paisajes donde el tramo de una calzada romana recuperada y las piletas de la milenaria factoría de salazones donde crecen los hierbajos al azar -en una admirable recreación de la pátina del tiempo a través del tratamiento de los grises, ocres y verdes- dialogan con las imágenes de la fábrica casi recién abandonada, los palés de madera, los sacos de yeso y el cubo de plástico rabiosamente azul a pesar de los rastros de cemento. Objetos del presente inmediato, ya inservibles, destinados al olvido y recuperados por la piadosa, amorosa mirada de Pedro Escalona, que, sin embargo, no ha logrado arrancarles su tristeza, esa sombra de desolación que planea sobre ellos al igual que cubre, a pesar de la luz del sol que les da de pleno, las piedras alineadas a la espera de la capa de asfalto, el río que deja adivinar su carga de deshechos y esos otros pedregales diseminados en torno al paisaje industrial -que se perfila tenuemente a lo lejos-, apenas salpicados por una rama de espino o un árbol temeroso de su verde. Frente a la serena, hermosa majestuosidad de las piletas, del ara funeraria que aguarda al final del pasillo del museo y de la calzada romanas, frente a la amable trepadora y las rosas del jardín, a las piezas arqueológicas mimosamente dispuestas, la imagen que el pintor nos sugiere de esta otra arqueología nuestra proyectada hacia el futuro inquieta y desasosiega, quizá porque nos recuerda nuestro ineludible destino de finitud, de seres encaminados al olvido.

En este cruce de tiempos y espacios los animales de Escalona, los corderos silenciosos y apacibles –en un virtuoso manejo del claroscuro- los pájaros y palomas revoloteando y posándose en la mesa o la cornisa, nos regalan la ilusión de la permanencia, de un ahora que pudo ser ayer y puede ser mañana en un eterno renovarse sin memoria de caducidad. Ilusiones creadas por un experto malabarista que juega y nos hechiza.

Noticias: Diario de Cádiz

Noticias: Qué.es

Crítica: Bernardo Palomo, Diario de Jerez


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