José Manuel Aguirre

José Manuel Aguirre

 Del 6 de octubre al 1 de noviembre de 2011

LUZ Y VOLUMEN EN JOSÉ MANUEL AGUIRRE

Hay argumentos más que suficientes para confirmar la belleza y la singularidad de la ciudad de Cádiz, de su luz, de los perfiles que asoman tras cualquier esquina o de las perspectivas a las que abocan sus calles abiertas al mar, a la Bahía o al Océano. Pero de seguro también, que, a poco que nos movamos, un paraje desconocido en cualquier lugar de la tierra alardeará de haber arrancado iguales expresiones entusiastas cargadas de admiración.

Ésta, pues, puede ser una exposición dedicada a Cádiz y, en tal sentido, no está fuera de lugar entenderla en clave de sentido homenaje a la capital. Verla como una afortunada evocación provocada por las emociones que despiertan en un artista las formas e, incluso, los sentimientos del lugar. Sin embargo, esto no es necesario o, al menos, no debe ser lo único a valorar y disfrutar. Y aquí, por tanto, cabe volverse platónico y recordar que un buen artista no sólo trata, en su caso, si es un realista en el sentido habitual del término, de imitar las apariencias sensibles sino de ver más allá, más adentro del modelo para conseguir un conocimiento profundo de él, en suma, de obtener una imagen duradera fuera de la mera apariencia que, al cabo de un tiempo, termina por sobrar y desecharse.

Este sólo aparentemente sencillo ejercicio de evocación que en nada o apenas perturba el recuerdo que de esas imágenes llevamos, explaya un orden intelectual, un entramado de líneas y planos y una concentración focal en los que, por demás, el tono impone su dominio y su razón de ser más allá de la mera formulación de unos rincones archiconocidos por nuestra memoria y, por ende, archivados en nuestra imaginación. Se funde, pues, un ejercicio, un discurso de análisis intelectual de las formas con el sugerente recuerdo de un lugar común, de un tópico y, las más de las veces, con la más simple emoción. En suma, cabe una doble lectura en la contemplación de estos cuadros, la sencilla resistencia a la razón, el abandono a la evocación del lugar o, no menos, el riguroso análisis formal y racional de una interpretación plástica lo que, por extensión, implica, y no menos, la invitación a desentrañar las claves técnicas de la acuarela como instrumento de ejecución y del acuarelista como intérprete de dicho medio.

Hay, pues, emoción, conmoción o reacción emotiva ante lo experimentado y hay un especial deleite. Mas lo que podría haber terminado, y muy bien, como un ejercicio impresionista, en concepción y en obra, concluye finalmente en un ordenado y retórico discurso al que un observador sagaz sabrá extraerle todas las claves intelectuales de su estilo y, al tiempo, podrá saborear toda la poesía destilada por unas roídas piedras de un paredón conventual, las tersas láminas de cal de cualquier pared gaditana y el húmedo azul espejeante de su cielo.

Pintar es prever. Lo decía Juan Gris. Prever qué clase de realidad le va a ser sugerida al espectador. Pero no basta prever si no se es capaz de controlar lo previsto. Para ello hay que ser maestro. Y demostrarlo. Con sencillez, sinceridad, fiel a uno mismo, a las enseñanzas y a la interiorización de una forma de ser y de concebir el arte, en técnica, ejecución, y en concepto. José Manuel Aguirre lo ha conseguido: kalokagazía, kalodidaskalía (otra vez platónicos).

El arte de Aguirre puede dirigirse más a la razón que al sentimiento y, por el contrario, aun a riesgo de infravalorar su meticulosa disección de la realidad, de la descomposición de la luz sobre los planos de cualquiera de los volúmenes gaditanos elegidos no al azar, abrirse a una percepción poética por parte del espectador, a toda una suerte de evocaciones que, sin él pretenderlo de partida, contribuirán a enriquecer día a día la contemplación o, si se da la ocasión, la afortunada posesión de su obra. Hay algo clásico, en el sentido didáctico del término, en su creación, un algo geométrico que subordina tanto al tema como a la elección y a la interpretación del mismo, un rigor en el tratamiento de los volúmenes que, sin embargo, se rinden a la evidencia del color. Las sutilezas del color y la gestualidad de la acuarela sobre el papel son las que, vibrantes, limpias y luminosas, a la postre, terminan por enamorar al observador más allá de la previsible identificación del lugar, del rincón o el detalle gaditano.

Es José Manuel Aguirre, en fin, grande en su aparente simpleza, soberbio en la humilde evocación de un tema entrañable y nuncio, entre los visos de maestría que revela la exposición, de una trayectoria futura orientada por el saber hacer y hacer sentir a una dedicación plena al ejercicio feliz de la pintura y a nuestro mejor disfrute.

Fernando Pérez Mulet

Cádiz, Octubre 2011

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Crítica Bernardo Palomo: Diario de Jerez


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